Operación Noel: matar al Mensajero
Un hecho que no puede ser erradicado como realidad histórica, debe ser desfigurado por el sistema que interpreta dicho suceso, amenazante y perjudicial para sus cometidos y supervivencia. Evitando a la consciencia popular, que ambiciona usufructuar en su beneficio, percatarse del más extraordinario acontecer providencial. Este agazapado poderío ha logrado constituir el máximo éxito publicitario de todos los tiempos.
La Navidad fue
sustituida por “las fiestas” cuya vorágine oculta el misterio etéreo revelado al hombre, en un niño-Dios.
La más fugaz festividad corre a la mismísima infinitud del quehacer patente
del orbe, apoyada en la efectiva estrategia del entretenimiento consumista, divertido, “copado”, confortable
e insaciable. Características por demás bienvenidas en el degradante hoy,
mientras no asome entreverado un ápice de significatividad. Sería, eso,
inaceptable. Castigado.
Con magistral
ideación la llegada y crucifijo del resurrecto fueron eclipsados por un
mimetizado en estética cocacolera que trae somera “felicidad” embalada en
regalos a granel. Nada de abuelo que imparte sabiduría ancestral, profunda,
interpelante y práctica. Sino un simpático y complaciente barbudo sobrenatural,
cubierto con el rojo sangre de la Verdad, que corta los cielos materializando a
la carta la más infantil ansia. Aferrando aun más a lo fantástico, a mentes en
ciernes que por cronología huyen de la cruz del verdadero virtuosismo.
La varita mágica de la modernidad que acusa de
facilismo supersticioso a toda manifestación religiosa, logró transformar con
su, aquí cierta, ficción supersticiosa, a la fértil espiritualidad navideña en
una fiestita más, de regocijos circunstanciales con cercanos. Pero el mayor
punto de inflexión civilizatorio no es un acontecimiento de alegría transitoria,
sino de tal dimensión que desde lo escatológico ha venido a rectificar lo
mundano.
En la encarnación cristiana Dios contrae la eternidad
hasta hacerla transir la rendija del tiempo. Haciéndose, en antología sin
parangón, un par entre nosotros. La Patria del Cielo manda su embajador terreno
con un mensaje-mandato-guía, para redención de siglos pasados y realización
cabal de todos los venideros: el sentido último del Hombre es la abnegación en
el Amor.
Esto no exige meras efemérides anuales, sino la
convocatoria indetenible a la plenitud de la Humanidad. El 25 no ha nacido sólo
“una persona”. Ha nacido el paradigma culmine de lo humano.
Cristo vino a decirle a la lucidez griega y a la
maquinaria jurídico-institucional romana, que sus nociones de naturaleza,
verdad, libertad, justicia, política y poder carecen de validez alguna sin el
influjo de la Dignidad universal, como reflejo del vigilante ojo de un Dios
cuyo amor no avala la más mínima injusticia, ni la claudicación de su proyecto
de Comunidad en el bien supremo de todos.
El Nazareno vino a pulir con cincel carpinteril los
confines morales de la creatividad, hoy descontrolados por una ambición
ilimitada de poder cultural, tecnocrático y gubernamental.
Aquel agónico, aun clavado en la cruz, determinó la
medida del perdón y la comprensión (“perdónalos, no saben lo que hacen”), el
carácter misional (“todo ha sido consumado”) y, en todo ello, la magnitud del Amor.
Jesucristo no murió por la verdad. Murió y resucitó por amor. El amor es
superior a la Verdad, en tanto que la instrumenta, sin negar que se vale y
nutre de ella.
El simbolismo en
torno al culto a Noel es muy preciso, pues fue engendrado como “profeta” sutil de
la banalización histórica y agente de frivolidad existencial. Erigido como
seudo-dios que, cual feriados turísticos desplazando a los próceres, destronó
del epicentro cultural al prócer divino. Al hacedor de la unidad humana genuina
y el ideal de hombre del cual se desprende una cosmovisión de persona, de familia,
de comunidad humana, de Nación y, finalmente, la concreción del destino
trascendental.
El imperativo sombrío subyacente en esta disputa
metafísica es clarísimo: la esperanza debe morir. Luego, morirá la
trascendencia. La humanidad no debe alcanzar su originaria realización. Para
que triunfe la animalidad que bestializa al ser humano y nunca alza la mirada hacia
el norte celeste que confiere coherencia a cada pensamiento y acción diarias. Avanza
agigantada e incesante la masificación de lo insustancial y el declive acelerado,
casi absoluto, de la popularización de lo trascendente.
En este necrótico proceso la desesperanza es el
principal instrumento de esclavitud: en el siglo XXI, esclavizar, es el arte de
crear contextos condicionantes nocivos. La aguda inteligencia de la
desesperanza radica en no disfrazar la realidad negativa como buena, sino en
sentenciar su inexorabilidad. Para lo cual, es preciso anular todo pensamiento
religioso, sobre todo la armónica razonabilidad católica y su aporte a la
sabiduría universal, por múltiples caminos. Principalmente, eliminando la
esperanza y la fe, espadas fundamentales de la soberanía ontológica.
La esperanza es el lazo que aferra la fe en la Virtud profunda,
a la Fe en el Creador. La Fe irgue el ser e impulsa el espíritu a salir de las fronteras
de la subjetividad para fusionarse con un otro, tras el milagroso acto de amar.
Y siendo Jesús el Dios-hombre, se impone como expresión arquetípica de
encuentro entre verticalidad y horizontalidad. Por ello les urge su destrucción
histórico-narrativa.
Ahora bien, la esperanza no es resultadista, ni la Fe
anti-racional. Contrariamente, la fe es la meta-razón que perfecciona todo
raciocinio. Junto a la imperecedera esperanza que cimentada sobre el designio
del omnipotente, confiere gloria inmortal a la contracción al deber, el honor,
el heroísmo, el amor y la justicia. Aun cuando el modernismo cínico, ignorante
y bruto lo califique fracaso y alcance el éxito, exclusivamente, bajo mirada
divina.
En ese artificial mundillo, esquivo furioso de la
religiosidad católica, donde los renos de santa derraman el polvo de la (seudo)libertad
sobre mentes sensorialmente sobre-estimuladas, se edificó una estructura
cultural diseñada para que la vida transcurra de largo, vagamente, mientras encadena al ser a la roca de la intrascendencia.
El éxito de “Noel” sintetiza a la perfección la crisis
psicológico-subjetiva, por el desarraigo de todo plano universal. Una
inconsciencia de la vida interior que proyecta un individualismo radical
incontenible. Porque no puede situarse en el lugar del otro quien no está,
primeramente, situado en sí. Engrosando, a consecuencia, la interminable fila
de bienintencionados que viven empedrando el camino infernal.
Ese nivel de desconexión psíquica con la propia
realidad se divisa como la principal crisis de desequilibrio personal. El gran
problema actual de toda consciencia lábil y atrófica, es el de afirmar
livianamente “yo soy…”, en el marco del más superlativo experimento de
ingeniería social. Bajo cuyas espurias leyes culturales yacen soterradas las
vías de la naturaleza humana que Jesucristo ha venido a desempolvar.
El plan del rojiblanco se ejecutó a la perfección,
generado por el más oscuro y sinárquico poder que holgadamente atrás abandonó
la codicia del dinero y el materialismo superfluo: arriba de todo, el fin, es
el sometimiento espiritual del hombre como pináculo de conquista.
En esta perversa hazaña, las sociedades modernas se
tragaron la curva de la libertad relativista. El individuo materialista no
puede escapar de la rapidación del sistema y es incapaz de reparar en la
vulnerabilidad de algún infortunado sufrido. Incapaz de frenar ante algún
demacrado porque la alienación, previamente, ya cooptó su persona. Entiende,
entonces, ese “detenimiento” como una pérdida de tiempo, pues en su anti-teísmo
se percibe atrapado entre la espada del tiempo y la pared de la muerte física.
Esa libertad-panacea a medida de una voraz infantilidad,
no puede distinguir los hilos de los titiriteros que administran cánones de
funcionamiento social arteramente carentes de todo faro de realización sustantiva.
A esa mentalidad fofa y emocionalista le es imposible tolerar la inconmensurable
entrega representada en el crucificado. En esta sub-humanidad sufrir está
prohibido. Y el miedo de afrontar el sufrimiento por rechazar la fe y su
templanza, empuja hacia un sufrimiento superior, el de la intrascendencia y la
muerte como fin definitivo.
Allí opera un audaz escamoteo discursivo que, en la
acusación de una temerosa fe-relleno del vacío post mortem, en verdad busca
tapar el dilema que el ateísmo tiene con la vida y las exigencias morales de la
ley natural. Adulterando con deliberado o inconsciente engaño, la instancia de
la muerte. De la idea de la vida, la idea de la muerte.
La Fe no es vicariante del miedo a la muerte, es la
reacción lógica ante el absurdo de la nada; la respuesta al vértigo de querer
reducir al insecto la perspectiva existencial del hombre, cuya estatura natural
en el cosmos metafísico, lo impulsa a ascender a las alturas donde culmina su
misión co-creacional.
Sin embargo, la presente, es una sociedad que en
nombre de la (irrisoria) autonomía absoluta, se desvive por seguir las
tendencias de moda quedando constantemente a merced de desnortadas fluctuaciones.
E ignora, de cuajo, la tendencia de nuestra sustancialidad que con firme y
sublime propósito, arriba indefectiblemente a un puerto humanista próspero. Esta
fauna virtualizada, en cambio, se subordina a un optimismo reconfortante a
costa de relegar al olvido la incómoda, por sacrificada, esperanza perenne. El
yerro es geométrico: quien no tiene anclajes en la atemporalidad busca súbditamente
la validación de los tiempos. Sustituyendo lo cualitativo de la Verdad por lo
cuantitativo del consenso contemporáneo.
Es hora de frenar la permanente caída en los
sofisticados artilugios del astuto que se esconde tras bambalinas y tienta a
los atajos del permisivismo amoral. Pues él no busca la fama ni galardón alguno
que, curiosamente, brega por incentivar como ambición febril en los mortales,
sino que goza con creces del anonimato. Consagrándose como idealista del mal; luchador
ad infinitum por la irresolución de nuestra especie.
Dos mil años transcurridos desde el nacimiento que
justifica todo nacimiento: hace veinte siglos nacía el Cristo y con Él nace la
misión insoslayable de Amar.
Ricardo M. Romano